miércoles, 12 de agosto de 2009

Sueños borgeanos...

Parque Avellaneda, 22 de octubre de 2000

Alguna vez en charla con amigos largue la cuestión extraña y confusa de lo virtual, respecto la definición de “sueño borgiano”.

Invoqué la cuestión en un momento de infortunio, con fallido etílico incluido, al pretender justificar quizá el sentido de un universo indescifrable y de un hastío cuya metáfora no encontraba su mejor perfil.

Desde entonces emprendí un arduo estudio para justificar mis dichos y aseveraciones, pues no es bueno dejar ante los amigos cuestiones sin clarificar.

Ellos suelen recurrir a la cargada sutil por nuestros descuidos. Dicen que por sana diversión, pero lo real es que hasta Dolina ha hecho allí el templo para dejar el tributo del sarcasmo con el que solemos imperdonar los deslices en que caemos, motivados por infelices y desafortunados artilugios intelectuales, máxime cuando dichos actos son de dominio casi público.

En ese trabajo aun me encuentro.

No obstante, pergueñé y parí no sin dolor (no me preguntes por qué lugar. –¡que lo tiró!, otro trema para la cargada!) esto que sigue. Cualquiera puede interpretar como justificación lo que desee. Dense permiso. Puede ser todo lo que se les ocurra.

Todo en merito y propósito de rendir tributo a la coherencia, a la unidad de sentido y a la sabiduría de los zaguanes. Ellos saben de murmullos, de silencios, de caricias, de secretos, de promesas. Ellos saben, en definitiva, de lealtades y traiciones.

Pueden también hacer con ello lo que quieran, menos serle indiferente... y recuerden: siempre, sin dejar de darse permisos.

Apología para un sueño borgiano

[iniciado el 18/3 y terminado 22/10/00]

Un aprendiz preguntó a su maestro

por un saber que este sabía inasible;

pero el oficio le obligaba a callar, insensible

pues su objetivo era generar inquietudes.

Entonces,

le quedaban dos caminos al aprendiz:

quedarse en el confort

que da la ignorancia sobre ciertos asuntos

refugiada en la doctrina del saber dado;

el de los caminos floridos dentro de jardines de encanto,

donde el canto es entonado sin necesidad

de pentagramas que agiten el espanto como sal de la vida,

o,

entregarse a la incertidumbre

de construir siempre a pesar de los fantasmas,

aquellos fantasmas que ofrecen materiales, a veces

materiales falsos que degluten y transforman tus sueños.

Pero eso sí:

sería dueño y creador de su propia sabiduría

para conjurar, eludir y a veces evitar al fin los accidentes,

entregándose cada día de su vida

a un sueño borgiano, sin desconfiar de su destino, pues de suyo

“cesan los sueños

cuando sabemos que soñamos” (afterglow).

y me encuentro en tus ojos, no estoy solo.

Quiero decir,

son bellos los encuentros cuando

uno se ha dado cita para comenzar

lo que se ha anhelado y algunas veces postergado.

Si logramos una relativa certeza,

el tiempo transcurrido halla siempre

en las miradas de los otros una dubitativa promesa,

no dicha pero sentida,

aun con claroscuros y hasta por ahí colores

elegidos de los arco-iris esculpidos en tu alma, las almas

se me ocurre un “sueño borgeano” más,

para no olvidarnos de la esperanza.