jueves, 16 de mayo de 2013

Hojas amarillentas.

La situación lo encontró a Germán atravesando una mañana fresca, luego de una noche confusa de desvelo. De tanto encuentro ambiguo y de despedida definitiva. Es lo que puedo recordar que me dijo hace tanto tiempo, y que no se por qué extraña razón vengo a evocar hoy. Se que escribió una carta con todo ese rollo, pues


Una brisa que venía del río, le hizo sentir babeado el rostro mal afeitado. Los cabellos  revueltos, daban cuenta del prolongado tiempo que llevaba sentado en ese banco del Parque Lezama. Con el cuerpo contracturado por una espera infinita se dejó estar, intentando pensar luego del torbellino.
Miró sus manos, extrañas de sí. ¿Serían capaz de escribir? Intentó garabatear unas palabras con la birome en la libreta apoyada sobre su rodilla. Palabras… Se le ocurrió Una carta, recordando a Jaques Prevert. ¡Palabras!
En el bar de la esquina de Brasil y Defensa, pudo desayunar un café con leche y medialunas de grasa. Se resistía. Le costaba tragar. Quería sentir algo distinto. Sufrir algún dolor físico, tal vez. Pero no en el alma ya. Ahí, dentro del pecho.
Las emociones agobian. Ayer con Claudia se le escabulleron ridículas lágrimas. No las pudo contener. Se escaparon regando el pedregullo. Aquellas que se le quedaron adentro, atragantadas y entreveradas con las palabras que no dijo, eran las que como espinas lo pinchaban. Lo que calló. Lo que hizo más humillante lo ridículo. Quería escribirlo escribéndose.
Corre la taza donde tomó el café con leche, con miguitas de medialuna que quedaron al mojarla. No querer olvidar el “... ya no te quiero más”, anotó que le dijo Claudia. Y era simple.
Leía cada letra de la oración. Una a una. Se daba cuenta ahora, cuando había quedado solo luego que ella se fuera a las 3 de la madrugada. Se llevó todo. Y comenzó a sentir que se escribía a sí mismo.
El amor que dijimos haber sentido,
el que simplemente se escurre ahora de entre los dedos y se va desdibujando.
Quedan testimonios en apenas jeroglíficos,
que ni siquiera se pueden ahora descifrar. Escribo
Sentir que lo que se siente se agiganta en uno,
silbando una canción inventada que rescata del desamor.
Las piernas tiemblan. A veces la letra se pierde en la carne y deja una marca azul. Insistentemente.
Tortura personal del des-amor que hace preguntarse y preguntar:
¿dejará de existir lo que se siente del mismo modo que ya no está lo amado como sentimiento diluido en un presente en el que ella ya no está,
aunque tenga un pálido remedo de su aroma entre mis dedos y su sabor en mis labios?

Así, de un saque. De un tirón. Recobrar el aliento y dejar que te arrastre la letra, la palabra.
Se diluye en las manos como agua incontenible
y los hilos oscuros cobran la forma de pasión. Queda allí escondida.
La fortaleza une las letras. Forman palabras.
Con una melodía silbada inventan la canción del des-amor, en la monotonía estúpida que se debate entre el ser y el no-ser,
enigma de la pálida anemia del desafecto, de la indiferencia.
Deja de escribir y se entrega a una caminata por las calles.
Siente como nunca que las calles de Buenos Aires son solitarias los domingos. De  sueños trasnochados y casi borrachos de anhelos. Construcción de realidades posibles que terminan muchas veces en un viejo bar y en el dibujo en soledad de un sol entre cenizas.
En Buenos Aires se incineraba la basura. Como los sueños de las gentes.
La imagen de la alegría en una primavera anhelada como la mejor, donde besar a Claudia hacía despertar los mejores poemas de amor para gozar de los labios en beso. Los primeros besos. El primer amor. Los primeros amores. Volver a escribir.
Recordar de forma flexible y mágica, de cómo el gorrión arrebató juguetonamente la hilacha de un costado de su alma, luego de ganarles la guerra a las mugrientas palomas.
Seguir dibujando derroteros de palabras, guiado por lo que se iba encontrado, dando cuenta con filigranas primorosas y prolíficas de letras, para volver con la mirada perdida de nuevo al Parque Lezama, donde el verde y el marrón viene reventando en gamas posibles de ser en la mañana.
Escribir al fin en el fin:
“… y te estás yendo amor.
Queda poco lugar donde poder dibujarte, hacerte desnuda.
Me suena indecente hoy.
Me consuelo con que soy el único que te ve y me voy en tanto amor.
Van diluyéndose mis pies que también te amaron y que siguen negándose a llevarme de aquí.
Están cansados.
Ya no te quieren ni encontrar.
¡cuanto es tanto lo que te han buscado!
Retener el aire en los pulmones es casi metafísico.
Se condensan y contienen las humedades en una pretendida tristeza que se disuelve. Ya están hartos del des-amor.
Se van diluyendo también estas viejas y lacerantes ansias,
en un surco negro de palabras,
letras que en arabesco pretenden lograr un sentido y me dibujan.
La garganta ahoga sonidos, sin fuerzas solo apenas para ternura. Rescatar en caricias todo esto y antes del punto final, dejar todo en carta de amor. Decir adiós, hasta siempre. Beso. Punto final. Soy tu palabra al fin”.

Prolijamente doblada y guardada, como al descuido, quedó en un libro de la biblioteca pública elegido al azar, con el pretexto de que también fuera olvidada.
Paso el tiempo y el bibliotecario pudo encontrar al fin el libro extraviado. Escondido se diría. “Palabras”, de J. Prevert, dijo sonriendo y felicitándose por el hallazgo. Había encontrado un libro perdido que ya no lo era, aunque sí un par de hojas amarillentas.