martes, 7 de mayo de 2013

amar...


Recuerdo el día en que me di cuenta de lo distinto que iba a ser mi vida en adelante. Miraba por la ventana de la cocina del departamento desde un décimo piso, como iba perdiendo nitidez la línea del horizonte.
Al principio imperceptible, la firme línea que separaba la tierra y los edificios allá a lo lejos, del luminoso amanecer rojizo que marcaba el límite del cielo y sus nubes ensangrentadas, se fue desdibujando, agrandando día a día.
de Samuel Cane (pintura curativa)
Algunos dijeron que desde que se escuchó  un extraño ruido en todo el planeta... tal vez en el universo todo, también... se me ocurre hoy. Un ruido de desgarro. Desde ese entonces la franja se iba ampliado día a día, como tragándose lo posible para dar lugar a lo indefinido. Al menos para mí y para aquellos con los que me atreví a comentar la cuestión.
Una nueva forma del pánico nos invadía: no había lugar a donde ir y ya nadie podía darse cuenta de que estábamos idos, entregados. No había espacio para el eco de nuestros lamentos. No había un otro.
Solo yo puedo ver mi transparencia. Solo yo puedo ver hoy la lividez de mi caricia a una nueva nada... Hoy miro no por una ventana, sino desde mi alma y con ganas enormes de beber de tus manos...