martes, 6 de julio de 2010

Silueta de murciélago muerto.

Rincón blanco,
borde de ventana.

Rescoldo con contorno dormido,
apagado.

Sin ruido, ni comida alentada
por bichitos.

Ya no más. Murciélago.

Alas chatas,
envuelven
vergüenza de cuerpo.
Ajenidad
que da asco, no palpita.

Afuera, humedad.
Anuncia lluvia.
En suspiro
arroja aliento.

Intento de vuelo resucitador,
más digno de tu abandono,
que el destino de
inodoro del primer impulso.
Tu cadáver.

Pero te arrojo al aire.

Andá.

Intentá ser vuelo
que te reviva,
o,
dejate a la deriva.
Camino inmediato.

Pequeños ojos
negros.
Perlas negras apagadas;
vuelo solitario
en medio de miedos
y pavuras ajenas.

Tal vez se parezcan
sin ver,
al sonido de mis años
donde aprendo,
que pocas cosas
me sorprenden
tanto como la muerte,
al menos hoy,
con la evidencia
de
tu cadáver.

Apenas,
suficiente.


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