sábado, 10 de abril de 2010

Ella.

(Un ejercicio para el Taller Literario de Adrián)
Turbada, no podía detener el tumulto de sensaciones que la aguijoneaban. La respiración acusaba un aliento húmedo con el olor de los  últimos momentos, mientras que a su alrededor todo viene transcurriendo como vertiente de una pesada ensoñación.

Buscaba con su andar alcanzar la calma, sosiego por esto tan distinto que le estaba sucediendo. Sucediendo de suceso, de pensarse. “De pensarte”, casi dice en un susurro.

Imposible. En su cabeza no dejan de alternar contenidos de ideas y sobre todo (reconocerá más tarde) sentimientos que no dan tregua. No se perdona  la osadía de ahora querer oscurecer la luz de una verdad en sí buscada, que a la larga se hace condena. Quiere escapar, pero no: se queda rígida. ¡No, no!, ahora no lo quiere… lo quiere.

Ella sabe de eso de ser mujer que por lo general no se impone por la palabra, por su postura corporal o por el color de sus ojos. Pero ahora se le ha venido escapando todo del control. Sentir.

En su cuerpo mediano, atravesado por eso que llaman vivir, quedó la marca del proceso por el que fue asimilando el convencimiento de que es en vano oponerse a lo que no le interesa. Una rigidez apacible, casi.

¡Cuántas cosas quedaron en el camino!, sobre todo personas, que no llegaron a ser queridos u odiados.

Siempre utilizó el método de la indiferencia. Ignoraba la cosa que no le interesaba, así como a ellos y a ellas también. Con eso terminaba clavándoles la daga del ninguneo, de la agonía.

Con esa actitud hacía que la circunstancia se desvaneciera. Un arma de defensa efectiva, que se transformaba en arma de ataque. Eran los demás quienes sentían que dependían de ella.

Ella está sola mientras camina.

Siguió andando por el pasillo. Sus pasos hasta ese momento supieron ser reconocidos como firmes, seguros. Nunca irrumpía taconeando ruidosamente. Su andar siempre ha sido previsible, con el dejo de siempre estar allí, donde uno menos la espera. Pero ahora había perdido el ritmo. Se dio cuenta al tropezar levemente con su duda.

Meter el dedo en la llaga era su acto, su función. Los demás dirían que “su” placer, para tomar distancia. Para ella, que supo de su cabello rubio creciendo despreocupadamente, de su piel blanca, solo para mirar y no tocar más que la duda de su disposición a que la toquen.

Era consciente que se estaba dando una transformación. Se convenció apenas dobló a la derecha para entrar al salón vacío, despojado de cosas, de sentido. Frío. Al encontrar una silla con una mesa contigua, se sentó y no hizo ningún movimiento hasta más luego.

Lo intentó en un momento, pero terminó quedándose quieta pues apenas lo intentó percibió que era inútil. No iba a poder salir de esa situación así nomás. Sin que le costara dolor.

Aturdida por el bullicio en su derredor, sintió que el borde de esa cosa asquerosa se le acercaba al labio inferior. Lo apretó con el superior, limitándose a respirar por la nariz, como cuando le subía la presión. Pero no era la presión, era el miedo. La invadía el miedo. Apretó más los labios y se quedó quieta. Se negó a cerrar los ojos

Le reconfortó la idea de que el olor y el dolor era pasable, soportable. No por suponer que hedor es siempre pestilente, ni porque toda herida alcance hasta el hueso. Ella sabía acerca de eso de tolerar los sinsabores.

Era apenas el jugo, áspero y grueso de la transpiración del desasosiego.

Era apenas el juego de las dagas, que con risa irónica forzaba los huesos y la carne, pero no quebraba ni rasgaba. Apenas marcaba presencia, pero se lo devolvía en forma de zarpazo, atenuado por palabras insinuadas, casi suspiradas al oído, desde atrás, a la par de manos que se posaban sobre sus hombros y hacían una leve presión.

Algo se removió dentro de ella. Intuyó que podría develarse del misterio que la sometía. No iba a ser un develamiento sorprendente, espectacular, único y escandaloso. Definitorio. Reconoció en esa intensión suya un recular cómodo, una ventajera cobardía. Se supo cobarde. Su mejilla izquierda dio un húmedo testimonio.

Ella está sola.

Los cabellos ahora se prestaban a la ceremonia. Sedoso,  oscuros. Largos hasta después de los hombros. Ellos querían aprender a desparramarse para seducir y entibiar sábanas de lecho de pasto. Y ella seguía perdiendo el control.

Ella está sola.

“Cabello para acariciar”, destinado a servir de escusa para una trama no virtual, definida por la mano que modela arcillas, experiencias. Esta vez se estremeció muy fuertemente.

Impactando en su alma, revivió el clímax de autosatisfacción que la embargó en aquellos orgasmos imaginarios y solitarios. Energía vital con la que pudo ascender de las cavernas alegóricas, dejándose trascender en la sombra que proyectaba y la hacía persona.

Había comenzado a sentir que sentía. Durante un momento no pudo ver su mano ni su brazo, pero sabía que estaban allí. Levantó su mano y lo confirmó con su vista, aun cuando miró que por falta de genuina luz no podía ser testigo del accidente cósmico de vectores radiados chocando dándole forma a la materia y el quantum… y que se había ido al carajo!  

Ella estaba sola y, en aleteo sin plumas, percibió que se daba lo que luego supo un encuentro.

Lo supo cálido. Se dio cuenta cuando pudo apartar el cabello que le ocultaba la cara. Estaba recobrando el aliento desatado por la caricia.

Ahora, ella no está sola.