sábado, 26 de diciembre de 2009

Llegar a abrazos.



I
Dudo entre domar, dominar, domesticarte, viejo sabor amargo.
Me inquieta.
Ese gusto me invade, cuando evoco una época en que canté sentimientos que creí nobles.
Hoy me saben a ingenuos. Ingenuidad, ternura. Recuerdo haberlo hecho canción.
¡Hacer canción un sabor! Canción que se hizo vieja, por escrita en tardía adolescencia. Ella me llega, como la imagen de una sensación con olor a humedad.
Olor, sabor tan rancio que solo sale con la lavandina. Barre, cadenciosamente lo que supo ser engañosa infinitud. Un “para siempre fingido”. Todos lo sabíamos hasta que, vencidos, decidimos desgranarnos y hacer un hoy, como si nada hubiese pasado. Pero me pasó, al menos a mí. Ella, la “vieja amiga soledad”.
Entre los viejos papeles debe estar su letra, de canción olvidada. Estará por allí, entre los papeles sobrevivientes si no los quemó el fuego de la estupidez, aquella tarde llorosa de 1979, creo. En esa oportunidad se hizo toda hoguera, todo un ritual. Intento de ritual, para desarraigar tanta mala leche que sabía a amargura. Hoy se me ocurre ingenuidad, ternura impotente.
Por eso de estar tan arto, sin saberme dueño del hartazgo de lo que viene de tan lejos. No querer diferenciar, ser indiferente y renacer. Si, te lo digo: haber mandado todo al carajo, aun dulcemente. Aunque intente negarlo por dulce dolor, aunque sepa de eso de anidar dicha.
Estar maduro… ¿Maduro? ¿Qué madura? ¿Qué es lo maduro?
Sabiduría inalcanzable. No me niego a resignarme a gozarla en el intento.
II
Invocar. ¡Los fantasmas! Ellos marcan los límites de tanto temor. “¡Mejor el temor antes que el miedo, que el pánico!” Como latiguillo sonso. El temor da cuenta de las vicisitudes de las religiones y a veces sirve para lavar las sucias culpas…
Sentir temor, implica cuidado. ¿De uno mismo? ¿Del otro? ¿Cuidarnos del otro?
Miedo y pánico, destruye y pisotea cualquier posibilidad de proyección.
Se acuñó el “temer a los dioses” para domar, dominar, domesticar la capacidad de servidumbre, no por voluntad edificante, sino para el salvarse individual y egoísta. Cobardía en esencia pura. Me cago en el temor sin valentía.
Hoy no soy valiente, o no me la creo así. Es apenas caerme la ficha, entender que son mías las consecuencias de aquellos desatinos, tan personales que hicieron desencuentros y divorcios. Tantos como tantos son los caminos que no volverán a cruzarse, a enredarse en mi vida.
Los dejé por otros senderos construidos y por construir, con el prerrequisito asumido del hacer para sentirme incluido y construir  lo colectivo, para poder asumir lo nuestro y reconocer lo mío como aporte, como donación de ternura y prepararme para recibirla. ¡Como un abrazo! Pero un abrazo fuerte, no falluto. Un abrazo sentido.
III
Aprendí a abrazar francamente (o sea de frente, sincero) hace poco. Es fácil al principio, pero embarazoso a los pocos segundos. En cada abrazo, uno comienza a comprometerse a sostenerlo con sinceridad, a compartir la calidez de lo humano, lo que hace a lo humano y te hace humano.
Sin este compromiso, es un ritual hipócrita. No se pueden percibir los olores de las flores que te conmueven e invitar a compartirlo. Hoy no me sirve que lo pueda hacer solo.
Llegar a abrazos es una caricia al alma, a través de la calidez de una cabeza reposada en mi hombro, y de tu pecho palpitante ante el mío. O tal vez al revés, yo en el tuyo. O tal vez los dos a la vez, soñando el mismo sueño.
Tal vez en un suspiro, logremos sintetizar toda una vida buscando este encuentro.